ALBORES del mundo venidero

         
 

 

Noticias de actualidad

Para la semana del 7 de marzo de 2009


¿Podrá Obama? ¿Existen clases sociales?
La dulce muerte de Karol Wojtyla Benjamin Franklin, Max Weber y los ‘falsos positivos’
   

 


 

¿Podrá Obama?

Alfredo Toro Hardy
Rebelión

El enigma Obama se está desentrañando, al menos en política doméstica. Su presupuesto para 2009 lo presenta como un progresista dispuesto a echar por tierra el ciclo iniciado en tiempos de Reagan. La redistribución de ingresos desde los sectores más pudientes hacia los estratos medios y bajos de la sociedad. Su determinación en reformar la sanidad pública haciéndola asequible a todos. Su énfasis en ampliar y mejorar sustancialmente la educación pública. Su claro propósito en enfrentar el cambio climático. En síntesis, un Presidente dispuesto a poner en marcha un nuevo ciclo de signo progresista.

Tan importante como el fondo es la forma. Y allí, Obama utiliza la crisis económica como oportunidad perfecta para arremeter con ventaja contra los inmensamente poderosos intereses creados que se oponen al cambio. Contando con el ariete de un gigantesco presupuesto de combate, necesario para superar la crisis, el inquilino de la Casa Blanca se dispone a derribar las murallas construidas por los grupos de presión. A su favor se encontrarían no sólo el dinero en grandes cantidades, sino la cohesión de su partido (con mayoría en el Congreso) y la disposición de la opinión pública a apoyarlo en esta empresa.

Una agenda de cambio que en cualquier otra circunstancia hubiese resultado utópica, luce al fin posible. Sin embargo, para entender contra que se enfrenta y visualizar la magnitud de las tendencias inmovilistas que lo resisten, es necesario hacer un recorrido detallado por las entrañas del sistema político norteamericano. Un sistema que ha llegado a transformarse en una descomunal receptoría de intereses creados.

¿Quién controla a la burocracia en los Estados Unidos?:

Comencemos por la burocracia. Esta se caracteriza por las rivalidades y resistencias presentes en su interior: rivalidad entre los diversos organismos burocráticos y común resistencia de éstos frente a la instancia jerárquica superior. En otras palabras, las múltiples “voces” del “coro” se enfrenta entre sí pero, simultáneamente, se enfrentan a quien las dirige. La esencia de este proceso dual tiene su origen en el paralelismo que tienden a establecer los organismos de la Administración Pública entre la propia identidad organizacional y el “interés público”, es decir, por la convicción que tiende a desarrollar toda organización burocrática de que sus fines, o más exactamente la percepción que tiene de éstos, se corresponden a los intereses superiores del Estado. Cada organización procesa así la información que le es pertinente y ejecuta una gama de acciones en condiciones de cuasi independencia dentro de las amplias directrices de la política nacional. Este fraccionamiento de la actividad administrativa conduce inevitablemente al parroquialismo organizacional, pues cada organismo tiende a vivir al ritmo de sus propias rutinas y a observar el mundo a partir de un prisma extremadamente limitado.

Bajo el marco anterior, las rivalidades interinstitucionales y la resistencia a las interferencias políticas, aún cuando éstas provengan de la máxima instancia gubernamental, vienen a convertirse en algo inevitable. En la medida que cada segmento de la Administración Pública perciba sus fines como consustanciados con los del Estado mismo, resultará poco proclive a transar la realización de éstos. La competitividad frente a otros organismos de la propia Administración Pública responderá así a la doble necesidad de defenderse frente a la penetración de la “verdad” ajena al tiempo que se proyecta “la verdad” propia. En la medida que una organización logre “maximizar” su influencia sobre los acontecimientos ajenos y minimizar, al mismo tiempo, la influencia ajena sobre los propios, estará afirmando su propia identidad burocrática. Por otro lado, la resistencia a la instancia jerárquica superior se enmarca dentro de la antítesis funcional representada por el burócrata y el político. El primero viene a ser expresión del conocimiento especializado y, como tal, depositario de las herramientas que hacen funcionar a la Administración Pública. El segundo, en cambio, encarna la legitimidad del mando público emanada del voto popular. Sin embargo, para el burócrata el político encarnará los intereses subalternos del partidismo que deben ser siempre mantenidos a raya para preservar los intereses superiores del Estado.

Encontramos así los marcos paralelos, rivalidad interinstitucional y resistencia a la instancia política superior. Dentro del contexto de la realidad norteamericana actual ambos marcos asumen características bien definidas. En relación al primero, encontramos que los diversos organismos de la Administración Pública resultan poco proclives a colaborar entre sí. Cada uno de ellos, por el contrario, buscará incrementar sus ganancias individuales a expensas de los demás. Los procesos de toma de decisiones se ven sometidos a confrontaciones interinstitucionales caracterizadas por los elementos siguientes:

  1. Organismos que pugnan por expandir sus respectivos espacios territoriales.
  2. Preeminencia de los problemas burocráticos sobre los problemas sustantivos.
  3. Tendencia a la microvisión en el tratamiento de los problemas sustantivos.

Lo anterior significa, pura y simplemente, que estamos en presencia de un juego cuyo premio está constituido por la expansión de los propios espacios territoriales, cuya naturaleza es eminentemente intraburocrática y cuyas bazas están conformadas por los problemas sustantivos (que inevitablemente se constituyen en factores secundarios dentro del proceso).

Ahora bien, si las rivalidades burocráticas conllevan a la mediatización permanente de las políticas públicas, cabría preguntarse en qué medida el Presidente de los Estados Unidos puede combatir esta anomalía. Esto nos lleva al segundo de los problemas planteados anteriormente: la resistencia burocrática frente a la instancia político-gubernamental.

El Presidente dispone de la capacidad de designar a las cabezas de las organizaciones burocráticas. No obstante, una vez colocados a la cabeza de las respectivas baronías, los “hombres del Presidente” habrán de sufrir el embate, siempre tan soterrado como persistente, de las organizaciones burocráticas cuya titularidad ejercen. Como resultado de las técnicas usuales de “bloqueo” administrativo, estos altos funcionarios pueden ver diluir sus parcelas formales de poder hasta el límite mismo de la impotencia. Como seres humanos al fin y al cabo estos “barones” estarán tentados a buscar alguna fórmula de compromiso con sus propios “siervos”, a objeto de alcanzar una base efectiva de poder. La fórmula más corriente en este sentido es la de forjar una alianza con sus vasallos, por intermedio de la cual el “barón” pasa a acatar la subcultura organizacional imperante y a hacerse portavoz de las exigencias y planteamientos de la propia organización. En retribución a esta subordinación a las pautas y valores del “feudo”, el “barón” obtendrá un mandato real proveniente de la única fuente efectiva de poder: la propia organización. En el argot político de Washington este proceso es conocido bajo el calificativo de “indianización”. Quien se pliega a su propia organización se estaría haciendo, de acuerdo a ese mismo argot, un “nativo”. Tal como señala Hugo Heclo: “La burocracia es capaz de generar su propio poder a través de su habilidad para prestar o resistirse a prestar obediencia, asesoría e información. Sus circuitos están firmemente basados en lealtades dirigidas hacia su interior... y no hacia los líderes del día. La esencia del poder burocrático reside precisamente en esta capacidad de determinar si se ofrece servicio o resistencia a los líderes políticos”.i La prestación de “servicio” a los “líderes del día” asume sin embargo, como ya vimos, un precio muy concreto: la “indianización”. No en balde los Secretarios y los Directores de las Agencias Federales defienden con tanto ahínco los puntos de vista sustentados por los organismos a su cargo.

La atomización del Congreso:

Sin embargo, junto a la atomización burocrática, encontramos a la atomización congresional. Los años setenta del siglo pasado trajeron consigo una marcada transformación de las reglas de juego y de los procesos de toma de decisión prevalecientes en el Congreso. El grado de centralización política existente en dicha institución, hasta ese momento, permitía forjar amplios consensos funcionales. El alto nivel de interlocución y negociación depositado en el “Speaker” de la Cámara de Representantes, así como en el Líder de la Mayoría en el Senado, resultaba de máxima significación. De igual forma, el nivel de representatividad evidenciado por los líderes de la minoría parlamentaria y por los presidentes de los Comités en ambas Cámaras, era bastante elevado. En palabras de Alvin Paul Drischler: “Las relaciones entre las ramas ejecutiva y legislativa en asuntos de política exterior eran manejadas por un pequeño círculo personalizado de consulta. Cuando Dean Rusk era Secretario de Estado en... los sesenta, sólo tenía que hablar con el presidente de la Cámara de Representantes... y con otros seis senadores para asegurar el éxito de cualquier iniciativa... Los ‘grandes’ del congreso cumplían con lo pactado y de este modo producían un mecanismo fácil y efectivo... en materia de política exterior”.ii Todo ello permitía que se generaran acuerdos aptos para conformar diseños políticos racionales y ambiciosos.

A partir de los años setenta todo cambiará .Tal como lo señalaba Lloyd N. Cutler: “Mi planteamiento es que resulta imposible para cualquier Presidente o para la Mayoría en cualquiera de las dos Cámaras del Congreso, obtener un programa balanceado por intermedio del proceso legislativo... El Presidente no puede respaldar el paquete que emerge del Congreso; ese no es su programa. No es tampoco el programa de la Mayoría Legislativa. Es, por el contrario, un programa resultante de un conjunto de mayorías autónomas... que persiguen cada una por separado y de manera casuística sus propias políticas (...). Es imposible tener un presupuesto balanceado cuando ninguno de los 535 miembros del Congreso asume sus responsabilidades. Todos quieren un presupuesto menor pero sobre la base de obtener más para los programas propios y menos para los programas ajenos (...). No se trata de que el programa A resulte mejor que el programa B, no se trata de que obtener más gastos de defensa y menos de seguridad social sea mejor que obtener más seguridad social y menos gastos de defensa, no se trata de que tengamos mayor o menor intervención del gobierno federal. Se trata de que le dé una oportunidad al programa de ‘alguien’. Lo que tenemos hoy en día es el programa de ‘nadie’. Nadie está dispuesto a asumir la paternidad de los paquetes que emergen del Congreso”.iii

El grado de atomización presente hoy día en esta institución es tal que no resulta posible imprimirle ningún tipo de orientación definida a los procesos legislativos. Los productos de allí resultantes constituyen una acumulación de disposiciones contradictorias, cada una apuntando en un sentido distinto y respondiendo a intereses creados de la más variada naturaleza. En definitiva, impera una total anarquía dentro de la cual 100 Senadores, 435 Representantes, decenas de Comités y centenas de Subcomités, oscilan egoístamente al ritmo de sus propias melodías. Un día el Congreso pasa una ley solicitando un presupuesto balanceado; al día siguiente eleva el techo de la deuda federal para añadir más tajadas donde cortar. Un día una resolución busca reducir la carrera armamentista y, al siguiente, aprueban miles de millones de dólares para el desarrollo de un nuevo sistema de armamentos.

Bajo el sistema impuesto a partir de los setenta el poder efectivo descendió de nivel, pasando de los Comités a los Subcomités. Tal como lo señalaban Steven S. Smith y Christopher J. Deering: “El ‘gobierno de los Subcomités’ ha reemplazado al ‘gobierno de los Comités’... El ‘gobierno de los Subcomités’ existe cuando la responsabilidad básica de la actividad legislativa tiene lugar, no en una reunión de Comité en pleno, sino en una reunión de un Subcomité mucho más pequeño adscrito a ese mismo Comité. Las decisiones del Subcomité son vistas, entonces, como las decisiones autorizadas en la materia”. iv

Estos nuevos centros –los Subcomités– tendieron a monopolizar celosamente pequeñas parcelas de actividad. Más de trescientos Subcomités, actuando cada uno con absoluta independencia de criterio y siendo considerados como “autoridades” en sus respectivas parcelas de actividad, generan inevitablemente un poderoso impulso centrífugo. Máxime cuando a tales parcelas se corresponden intereses sectoriales muy concretos que pugnan por la satisfacción de sus necesidades a expensas de los demás. La microvisión y el espíritu parroquial vienen así a sustituir a la perspectiva de conjunto y los egoísmos sectoriales pasan a ser privilegiados a expensas del ánimo conciliador e integrador. Concurrentemente a lo anterior vino a producirse una marcada tendencia a la superposición temática. Dado, en efecto, que casi cualquier materia puede ser tratada desde ángulos diversos, es muy frecuente que un mismo problema incluya facetas que caigan dentro de las esferas jurisdiccionales de diversos Subcomités. De existir una adecuada coordinación temática ello no resultaría un problema mayor, pero ante la combinación de la ausencia de canales coordinadores y de la absoluta autonomía de acción, el resultado inevitable es el caos. Los tratamientos contradictorios a un mismo problema pasan a constituirse así en una anomalía institucionalizada.

De manara paralela al atomización del proceso legislativo encontramos dos fenómenos que no sólo han ayudado a consolidar ese fenómeno, sino que lo han exacerbado en grado extremo. De un lado, la sustitución de los canales formales de coordinación legislativa por canales informales representativos de intereses sectoriales. De otro lado, la emergencia de los Comités de Acción Política como brazo armado de los grupos de interés. El denominador común, en ambos casos, ha sido el incremento exponencial del poder de los grupos de presión por sobre la acción legislativa.

En respuesta a las reformas descentralizadoras que tuvieron lugar en el Congreso en los años setenta, se produjo la aparición de un impresionante número de asociaciones informales cuyo objetivo era el de agrupar, en unidades diferenciadas, a los legisladores con áreas de interés común. Conocidas bajo el calificativo de Organizaciones de Servicios Legislativos, este tipo de agrupaciones perseguía, efectivamente, aglutinar en entidades individualizadas a todos aquellos miembros del Congreso que evidenciasen intereses convergentes.

En la actualidad encontramos decenas y decenas de asociaciones de esta naturaleza, que representan a sectores económicos, renglones productivos regiones del país, grupos étnicos o posiciones ideológicas. Se da así la presencia de agrupaciones económicas sectoriales tales como el “Caucus Rural”, el “Caucus Portuario”, el “Caucus del Acero” o el “Caucus Textil”; agrupaciones ideológicas conservadoras o liberales tales como el “Foro Democrático Conservador” o el “Grupo de Estudios Democráticos”; agrupaciones étnicas tales como el “Caucus Hispano” o el “Caucus Negro”; agrupaciones centradas en tópicos específicos como la “Conferencia de Estudio Energético y Ecológico”. Y así sucesivamente. Las asociaciones anteriores han emergido como factores de reforzamiento grupal que proporcionan a sus integrantes un definido sentido de identidad y de misión. Se convierten, así mismo, en redes flexibles de comunicación e interacción entre los legisladores y los grupos de interés.

De tal manera, el vacío dejado por los canales tradicionales de coordinación pudo ser llenado por las Organizaciones de Servicios Legislativos. No obstante, la distinción existente entre unos y otros canales resulta fundamental. En efecto, mientras los primeros tendían hacia la centralización del conjunto, los segundos tienden hacia la independencia funcional de los centros autónomos. Mientras los primeros actuaban como vehículos de coordinación global, los segundos actúan como vehículos de coordinación sectorial. En definitiva, los intereses sectoriales tienden a prevalecer abiertamente, por esta vía, sobre los intereses colectivos.

¿Quién controla a los Senadores y Representantes?:

Por otro lado encontramos la acción de los Comités de Acción Política, mejor conocidos por sus siglas PAC, cuyo objetivo es el financiamiento de las carreras de los miembros del Congreso. Tal como lo señalaba William J. Keefe: “La mayoría de los miembros del Congreso consiguen ser elegidos sobre la base de su propio esfuerzo, formando sus propias organizaciones electorales, recaudando ellos mismos el dinero para sus campañas y creándose sus propios apoyos políticos. Su éxito como empresarios políticos individuales les ha habituado a la necesidad de proteger sus propias carreras”.v En la medida que la tecnología fue invadiendo el terreno electoral y el acceso a la televisión se convirtió en un requisito indispensable para el éxito, las maquinarias partidistas no sólo se fueron quedando desplazadas sino que resultaron impotentes para hacer frente a los altos costos involucrados. Se vieron así obligadas a replegarse permitiendo un mayor nivel de iniciativa individual a los candidatos. Optar a un cargo electivo significaba disponer de los recursos necesarios para contratar a una legión de especialistas: en medios de comunicación social, en correspondencia computarizada, en estadísticas, en encuestas, en redacción de discursos y hasta en cosmética.

Precisamente en respuesta a esta nueva realidad, y en virtud de sus déficits crónicos en materia de financiamiento electoral, los Demócratas que controlaban por amplia mayoría ambas Cámaras decidieron aprobar, en 1974, una reforma al sistema electoral. Se inició allí un proceso –que habría de incluir reformas adicionales en 1976– llamado a transformar radicalmente las reglas del juego electoral. Mediante estas nuevas medidas en materia de financiamiento electoral, se abrió la puerta para que cualquier grupo de interés pudiese formar organizaciones destinadas a financiar y a apoyar campañas políticas. Estas organizaciones, los PAC, podían no sólo sufragar gastos de campaña sino, a la vez, prestar toda la asesoría y la ayuda logística y operativa requerida en relación a éstas. Las mismas, en pocas palabras, podían realizar todas aquellas actividades que hasta el momento habían constituido patrimonio exclusivo de los partidos. Valga agregar que los PAC no aparecieron con las reformas del año 74, pues su existencia se remota a los años cuarenta. Sin embargo, su actividad originaria estaba circunscrita a los sindicatos laborales.

Los presupuestos de los PAC se encuentran conformados por contribuciones individuales. Así por ejemplo, un Comité de Acción Política fundado por una gran corporación no podrá recabar su capital por vía de los fondos corporativos. Deben ser los empleados de la compañía los que contribuyan -usualmente por vía de deducciones mensuales a sus sueldos, extraídas de manera tan sutil como imperiosa- al presupuesto del PAC. La directiva de la corporación será, por su parte, quien decida cuales serán los candidatos que habrán de beneficiarse de las correspondientes donaciones. Ello, por supuesto, a espaldas de los propios empleados. Legalmente, las contribuciones directas que un PAC puede hacer a cada candidato no pueden exceder de la suma de cinco mil dólares. Esta limitación carece, no obstante, de significación real. El límite de cinco mil dólares por candidato aplica únicamente a las llamadas “contribuciones directas”, es decir, aquellas en las que ha habido concertación previa entre el PAC y el candidato. Cuando las mismas son indirectas no existe límite alguno con respecto al monto del donativo electoral. En la práctica prevalecen estas últimas a partir de concertaciones tácitas y no expresas. Caso típico en tal sentido sería un record de votación “complaciente” en el Congreso que se vea recompensado con una jugosa contribución. Así las cosas, un legislador que sistemáticamente vote a favor de la industria de la construcción, recibirá infinidad de contribuciones electorales provenientes de los innumerables PAC que existen en este sector.

La naturaleza de la presión ejercida por los PAC resulta, sin embargo, inversamente proporcional a la que antiguamente provenía de los partidos. Mientras el mayor nivel de disciplina partidista, anteriormente imperante, actuaba como factor de centralización e integración de intereses diversos, la influencia que hoy ejercen los Comités de Acción Política actúa como elemento de atomización y dispersión. Dentro del orden de cosas prevaleciente en nuestros días, un congresante exitoso será aquel que logre encontrar y aferrarse a una parcela de actividad legislativa bien cotizada por los grupos de interés. Usualmente tal parcela se corresponderá con los intereses más poderosos presentes en su propio Estado o Distrito Electoral. En palabras de Thomas Dye y Harmon Zeigler. “El electorado que importa a un legislador está constituido por las élites activas y con recursos de su Distrito o Estado. En un medio agrícola, serán los productores agrícolas... En el Suroeste serán los productores petroleros o los rancheros. En los Estados Montañosos serán los intereses mineros; en la parte superior de Nueva Inglaterra serán los intereses madereros, pesqueros y del granito; en la parte central de Pennsylvania serán los intereses siderúrgicos.vi La presencia de los procesos anteriores ha hecho del Congreso no sólo un cuerpo atomizado sino, a la vez, una institución “capturada”.

Los todopoderosos “triángulos de hierro”:

Tal como lo hemos podido comprobar, entonces, de un lado se presenta una burocracia fraccionada y dispersa y del otro un Congreso igualmente atomizado. Lado a lado coexisten así multitud de pequeños centros de decisión autónomos. Junto a ellos aparecen a su vez los numerosos grupos de interés. Lógicamente, las esferas de actividad sectorial de estos tres mundos diversos tenderán a coincidir en un sin número de instancias. Cuando ello ocurre la interacción entre ellos resulta poco menos que inevitable. En el interior de estos enclaves de actividad focalizada se generará una fluida interacción que dará origen a lo que ha dado en llamarse “triángulos de hierro”. Cada uno de los integrantes de este triángulo está en la posibilidad de aportar al conjunto algo que los demás requieren, lo que los transforma en circuitos funcionales abocados a un proceso de satisfacción de sus necesidades respectivas. De esta manera se desarrolla no sólo una clientela de intereses creados, sino también estructuras políticas independientes, dotadas de competencias administrativas y legislativas a la vez que de una clientela de intereses creados propia.

En palabras de Kenneth J. Meier: “Juntos Congreso, grupos de interés y organismos burocráticos disponen de los recursos necesarios para satisfacer sus respectivas necesidades. Los organismos burocráticos proveen a los grupos de interés con los servicios y bienes que éstos requieren, pero para ello necesitan de recursos económicos. Los Comités y, básicamente, los Subcomités del Congreso se encargan de aportar tales recursos, pero para esto sus integrantes necesitan a la vez garantizar su permanencia en el Capitolio y obtener respaldo para ganar las disputas congresionales. Los grupos de interés proporcionan a los legisladores el apoyo que éstos requieren, pero para ello necesitan, por su parte, que los organismos burocráticos aporten los bienes y servicios exigidos para satisfacer las demandas de sus miembros. El resultado de esto es una relación tripartita que dispone de todos los recursos exigidos para operar aisladamente del resto del sistema político”.vii Por su parte, es importante insistir que los miembros de este triunvirato no se enfrentan entre sí sino que se convierten en aliados para enfrentar a sus respectivos enemigos. En efecto, como lo apuntan Dye y Zeigler: “Debe destacarse que las partes no compiten aquí. Por el contrario, las agencias burocráticas, los subcomités congresionales y los grupos de interés se unen y cooperan entre sí” viii

La dinámica del proceso anterior es simple. Inicialmente encontramos a un conjunto de organizaciones burocráticas que han sido creadas con el objeto de supervisar o regular una determinada actividad económica. Allí se encontrarían, por ejemplo, una Junta de Reserva Federal encargada de supervisar las actividades de los bancos que integran el llamado Sistema de la Reserva Federal, o un Departamento de Agricultura que supervisa los mercados agrícolas, o una Comisión de Comunicaciones Federales que regula las actividades interestatales de radio, telefonía, televisión y telegrafía, o una Comisión de Regulación Nuclear que regula el uso civil de la energía nuclear y otorga licencias para la operación privada de plantas nucleares, o una Comisión de Comercio Federal que regula las actividades de comercio interestatal y así sucesivamente. Cada una de estas actividades se identifica, como podemos observar claramente, con un sector específico de la vida económica estadounidense. Como es de suponer la interacción permanente entre el organismo regulador o supervisor y los intereses regulados o supervisados termina por generar vínculos estrechos entre ambos. La conformación del binomio burocracia-grupos de interés no sólo se da, sin embargo, dentro del contexto de actividades económicas reguladas, también puede darse con cualquiera de las tres funciones políticas básicas efectuadas por la burocracia: distribución, regulación y planificación. Allí caen desde el otorgamiento de contratos hasta los estímulos e incentivos federales.

Ahora bien, este binomio resulta incompleto a los efectos de garantizar una verdadera autonomía operativa funcional. Es necesario, en efecto, que entre también en escena el actor faltante: el Congreso. Este cumple, desde luego, un papel fundamental. A él le corresponde aprobar el presupuesto anual de los órganos de la burocracia federal así como efectuar la supervisión de sus actividades. No obstante, cuando nos referimos al Congreso debemos recordar que éste se encuentra por entero atomizado. Bajo tales circunstancias, a cada centro autónomo del Congreso le corresponderá velar por aquel particular sector de la burocracia que cae bajo su jurisdicción. En otras palabras, los legisladores tienden a buscar la consolidación de su influencia sobre aquellos sectores de la burocracia que caen bajo su jurisdicción.

Por su parte, el rol de los grupos de interés resulta de máxima importancia dentro de este trípode. Dentro de la noción de la teoría de la “captura”, a la que hacíamos referencia, quedaba claro que los grupos de presión se transformaban en los beneficiarios de la actividad burocrática. No obstante, para poder cumplir adecuadamente con esta labor de apoyo, la burocracia requería de los recursos presupuestarios que le brindaba el Congreso. A los grupos de interés corresponde, finalmente, cerrar el triángulo mediante el respaldo brindado a los Senadores y Representantes. Esto es, a “su” fracción de Congreso representada por todos aquellos legisladores que, situados en posiciones aptas para satisfacer sus intereses, se benefician de sus generosas contribuciones. Caemos así en el terreno de acción propio de los “lobbies” y de sus brazos armados los PAC.

Así las cosas, los segmentos coincidentes de la burocracia, el Congreso y los grupos de interés, tenderán a integrarse en la conformación de bloques orgánicos dentro del cual cada uno le rasca la espalda al otro. Se generarán, de esta manera, numerosos “triángulos de hierro” cuya homogeneidad de rasgos y eficacia funcional contrastarán radicalmente con la anarquía y la ineficacia imperante dentro del marco global del sistema político-institucional norteamericano.

El hecho mismo de que estas receptorías de intereses creados que son los triángulos de hierro puedan satisfacer autónomamente sus respectivas necesidades, es lo que los hace tan poderosos y tan poco permeables a las presiones provenientes del exterior. Frente a ellos se estrella una y otra vez el poder de la Casa Blanca, pues constituyen circuitos cerrados dentro del sistema político con inmensa capacidad para resistir las presiones provenientes desde afuera.

Conclusión:

¿Resultará posible para Obama prevalecer contra la gigantesca maraña de intereses creados que confronta? Lo cierto es que la carrera de Obama ha estado cargada de imposibles que ha logrado superar. De hecho, pocos actos han resultado tan quijotescos en la historia reciente como el lanzamiento de su candidatura presidencial. Teniendo como única experiencia política relevante un par de años en el Senado, siendo miembro de una minoría y careciendo de maquinaria o recursos, éste decidió enfrentarse a la todopoderosa y multimillonaria maquinaria Clinton. Sin embargo, ganó la candidatura demócrata, para luego prevalecer contra un partido como el republicano que había ganado siete de las últimas nueve elecciones presidenciales. De alguien poder prevalecer contra la feroz resistencia al cambio, la burocracia insumisa, el congreso “capturado”, los grupos de presión y los todopoderosos “triángulos de acero”, sería precisamente alguien como él.

Sobre todo que a sus características personales, de entre las cuales sobresale una oratoria del más alto calibre, se le unen circunstancias históricas excepcionales. Estas, que podrían amilanar a cualquier figura de menor estatura, se transforman en la oportunidad propicia para conjugar el manejo de ingentes cantidades de dinero, la movilización de la opinión pública y el control de la fracción parlamentaria de su partido.

De Obama lograr sus objetivos, no sólo iniciará un nuevo ciclo histórico progresista sino que se transformará en uno de los grandes Presidentes de su país.

Los próximos meses brindarán un espectáculo apasionante para los estudiosos de la política estadounidense.

i A Government of Strangers, Washington D.C., The Brookings Institution, 1977, p.7

ii “El Congreso y la Política Exterior”, Facetas, Número 77, Washington D.C., Marzo 1987, p.p. 18 y 19

iii President Vs. Congreso, Washington D.C., The Brookings Institution, 1980, p.p. 5, 13 y 17

iv (Comités in Congreso, Washington D.C., Congressional Quarterly, Inc., 1984, p. 125).

v (“El Congreso y el Pueblo Norteamericano”, Poder, Sociedad y Estado en USA, Barcelona, Editorial Teide, 1985, p. 107).

vi ...”.(The Irony of Democracy, Monterrey, Cal., Brooks & Cole Publishing Company, 1987, p.p. 107 y 108)

vii (Politics and the Bureaucracy, North Sitúate, Mass., 1979, p. 51)

viii (Op. cit., p. 307).

 

*Diplomático y académico venezolano. Embajador de su país en Madrid y anteriormente en Washington, Londres, Dublín, Brasilia y Santiago de Chile. Autor de dieciséis libros en política internacional.
http://rebelion.org/noticia.php?id=81673

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¿Existen clases sociales?

Vicenç Navarro
Público

Hay una percepción ampliamente generalizada en los medios de comunicación de que la mayoría de la población en los países desarrollados pertenece a la clase media. Se admite, por supuesto, que hay un sector de la población que está por encima de la clase media y que se define como la clase pudiente o en lenguaje popular, “los ricos”. Y en el otro polo social existen los pobres, a los que se refiere frecuentemente como la clase baja. Pero excepto estos dos polos, la mayoría de la población se sitúa en la clase media. Como prueba de esta interpretación de la estructura social de nuestros países, muchos medios de información muestran el resultado de encuestas en las que la mayoría de la población se autodefine como clase media. Así, en el país que se considera como el país de clase media por antonomasia, EEUU, la revista Times publica cada año una encuesta en la que un porcentaje elevadísimo de la población (74%) se define como clase media. Muchas otras encuestas parecen confirmar esta percepción que se reproduce constantemente en tales medios.

Ahora bien, la pregunta que la revista Times y otras revistas hacen a la población es la siguiente: “¿Se considera vd. miembro de la clase alta, de la clase media, o de la clase baja?”. Tal como se hace la pregunta, invita a que la mayoría se defina como clase media. Supongamos que alguien le pregunte: “¿Usted es miembro de la clase baja?”. Es probable que tal tipo de pregunta le molestara, pues parece implicar que estamos en una sociedad de castas, preguntándole si pertenece a una casta inferior. Pues bien, el gran número de estudios que en EEUU llegan a la conclusión de que la mayoría de estadounidenses se definen como clase media, se basan en este tipo de preguntas. Un tanto semejante ocurre en España.
Si a la población estadounidense se le pide, sin embargo, –como se ha hecho en raras ocasiones– “Vd. se considera miembro de la clase alta (en Estados Unidos se utiliza el término Corporate Class, la clase de los empresarios de las grandes corporaciones del país), de la clase media o de la clase trabajadora”, la respuesta es muy diferente. Hay más ciudadanos y residentes de EEUU que se definen como clase trabajadora (54%) que como clase media (38%). Y estas cifras de autopercepción de clase se aproximan bastante a la estructura social que se deriva del último Censo de la Población de EEUU, la cual es, por cierto, muy semejante a la existente en la mayoría de países de la UE-15, incluyendo España, donde se da una situación semejante. En las pocas ocasiones que se le ha preguntado a la ciudadanía española su pertenencia de clase, las respuestas señalan que hay más personas adultas que se definen como clase trabajadora que como clase media. A pesar de ello, muy pocas personas (incluyendo dirigentes de izquierda) utilizan el término de clase trabajadora para dirigirse a tal clase, temerosos de que los medios de información los consideraran “anticuados”. Se ignora en esta percepción que un término y una categoría científica puede ser antigua sin ser necesariamente anticuada. La ley de gravedad es muy antigua, pero no es anticuada, y si lo duda, salte de un cuarto piso y lo verá. Me preocupa que las izquierdas, al ignorar esta distinción entre antiguo y anticuado estén saltando de un cuarto piso, suicidándose.

En realidad, estudios realizados en EEUU muestran que la clase social de una persona es la categoría más importante para explicar desde los gustos culturales a la actitud hacia las políticas públicas (sólo el 8% de las clases pudientes considera que las desigualdades de renta son demasiado altas oponiéndose a políticas públicas redistributivas, mientras que el 82% de la clase trabajadora considera que el Gobierno debiera redistribuir mucho más de lo que hace a fin de reducir las desigualdades). La clase social de una persona no es sólo la característica que permite explicar mejor cómo la gente vive, sino también cómo y cuándo muere. Así, en Estados Unidos, un miembro de la Corporate Class vive 15 años más que un trabajador no cualificado con más de cinco años en paro. En España son 10 años, y en el promedio de la UE-15 son siete años.

También el comportamiento político está altamente influenciado por la clase social. En la medida que sube el nivel de renta, la población estadounidense vota al Partido Republicano. La mayoría de la clase trabajadora, sin embargo, no vota, y cuando lo hace, vota más al Partido Demócrata que al Partido Republicano. La elevadísima abstención de la clase trabajadora en EEUU se basa en la percepción generalizada de que las instituciones políticas no representan sus intereses, sino los intereses de la Corporate Class, los grupos empresariales y financieros que financian las campañas electorales de los candidatos a puestos políticos. En realidad, los demócratas pierden o ganan las elecciones debido, primordialmente, al grado de abstención de la clase trabajadora. La victoria del Partido Republicano desde los años 80 se basó principalmente en el distanciamiento de la clase trabajadora hacia el Partido Demócrata como consecuencia del abandono del New Deal (el programa de expansión de los derechos sociales y laborales) por parte de tal partido. El cambio significativo que está experimentando ahora tal partido se debe precisamente a su intento de redescubrir el New Deal a fin de recuperar aquella base electoral perdida.

El abandono del compromiso de expandir los derechos sociales y laborales por parte de muchos partidos europeos de centro izquierda, transformándose en partidos socioliberales, ha causado también el creciente incremento de la abstención de la clase trabajadora o su voto a otras tradiciones políticas más radicales, bien a su derecha (el fascismo con base trabajadora está expandiéndose en Europa) o a su izquierda (tema de un próximo artículo).

Vicenç Navarro es Catedrático de Políticas Públicas de la Universitat Pompeu Fabra y profesor de Estudios Políticos en The Johns Hopkins University.

http://blogs.publico.es/dominiopublico/1129/%C2%BFexisten-clases-sociales/
http://rebelion.org/noticia.php?id=81870

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La dulce muerte de Karol Wojtyla

Lina Pavanelli
Micromega

Traducido para Rebelión por Liliana Piastra

Un análisis cuidadoso de las condiciones de salud de Juan Pablo II durante las últimas semanas de su existencia demuestra que no se le aplicaron algunos tratamientos que habrían podido mantenerle con vida bastante tiempo más. El viejo papa los rechazó porque los consideraba excesivamente agresivos. Para él acaba de iniciarse un proceso de canonización, a Piergiorgio Welby se le negaron hasta los funerales. La revista Micromega ha recuperado de su archivo este texto de 2007 con motivo del caso Eluana Englaro y el proyecto de ley de testamento biológico en Italia, que impone la hidratación y alimentación al paciente.

No ha pasado ni un año desde la muerte de Piergiorgio Welby, pero ya parece muy lejana. La enconada polémica entre laicos y representantes autorizados del poder católico sobre los derechos del enfermo, la eutanasia y el encarnizamiento terapéutico se ha visto suplantada, por ahora, por la ofensiva, aún mayor, desencadenada por las jerarquías vaticanas contra la tímida propuesta de ley sobre parejas de hecho. Pero las problemáticas que había suscitado continúan siendo todas ellas igual de actuales y siguen sin resolver. De hecho, forman parte de ese paquete de temas de cuya “verdad” la Iglesia católica, con la única iluminada excepción del cardenal Martini (1), se considera poseedora y en la obligación de imponérsela, si no a todos, por lo menos a los italianos.

Cuando ocurrió aquello yo escuchaba muchos debates. Más de una vez me tocó oir al representante teocon/teodem de turno decir que, en esencia, las posturas éticas de los laicos a favor de la eutanasia y las ideas de los nazis eran la misma cosa. Sus acusaciones – «falsa piedad», «perversión» o instrumentalización – se referían de forma más o menos explícita directamente a los familiares y a los parientes del enfermo. Había algo intolerable en esas ofensas que yo sentía dirigidas a mí, como médica y como laica.

Durante uno de esos debates recuerdo, no sé ni por qué ni en función de qué asociación de ideas, recuerdo que mi memoria visualizó algunas imágenes concretas, como encuadres de una película. Eran algunas imágenes del papa Juan Pablo II en sus últimas semanas de vida, las imágenes dramáticas del papa en sus últimas apariciones públicas.

Recuerdo que cuando entonces las pasaron por televisión acompañadas por comentarios tranquilizadores de la oficina de prensa del Vaticano, había sentido cierta desazón, la sensación de un no sé qué que interfería con aquellas «verdades». La «disconformidad» entre informaciones visuales e informaciones verbales permaneció largo tempo sin explicación, como una provocación ante una forma mía de rechazo. Hasta que un día, a la luz del caso Welby, aquellas imágenes tuvieron un sentido, un nuevo significado claro y evidente, como evidente se me hacía entonces la razón de su carácter provocador: las imágenes contaban cómo había muerto Juan Pablo II.

Para refrescarme la memoria me senté al ordenador e hice una breve búsqueda, a partir de términos como «enfermedad, muerte, papa Wojtyla». Google me proporcionó cantidad de noticias, notas de agencias y artículos de prensa. Encontré también un libro recientemente publicado por el que fue médico personal de Wojtyla, el archiatro pontificio doctor Renato Buzzonetti (2), en el que el autor describe, entre otras cosas, los tratamientos médicos a los que se sometió a su paciente al final de su vida. Lo leí atentamente: no añadía mucho a lo que ya sabía, pero todas las informaciones coincidían tanto con el contenido de las agencias oficiales como con mi hipótesis.
Para poner exponer mi idea, conviene repasar a grandes rasgos los principales acontecimientos de aquellos días.

Los últimos días de Juan Pablo II

El Santo Padre fue ingresado de urgencia en el policlínico Gemelli el 1º de febrero de 2005 por una «laringo-traqueitis aguda con laringoespasmo» (3) que le había provocado una insuficiencia respiratoria. Permaneció bajo observación durante diez días y luego le dieron el alta. Dos semanas después volvió a producirse el mismo cuadro clínico pero con mayor gravedad, por lo que el paciente fue nuevamente ingresado de urgencia. Al día siguiente de ingresarle, se le hizo una traqueotomía y se le colocó una cánula respiratoria. Nos explicaron que la causa de las crisis era una «estenosis funcional de la laringe» (4). Esta vez estuvo ingresado unos veinte días y se le dio el alta el 13 de marzo. En los días siguientes el Santo Padre se asomó muy brevemente a la ventana de sus estancias, pero no pudo hablar. El 25 de marzo le grabaron de espaldas mientras, desde su estudio, seguía el Via Crucis. Se asomó por última vez a la ventana de las estancias pontificias el 30 de marzo. Al día siguiente se produjo el bajón definitivo, aparentemente causado por una cistitis aguda, que ocasionó un shock séptico (5). Murió al cabo de dos días.

La estenosis funcional laríngea que sufría el papa era una condición irreversible, por lo tanto, si no se resolvía el problema de las vías respiratorias, el paciente habría tenido unas crisis de asfixia cada vez más frecuentes y peligrosas. La situación del paciente era de tal riesgo que, como medida preventiva, el doctor Buzzonetti había considerado indispensable organizar bajo su dirección personal una estructura compleja, mediante la cual controlar permanentemente al enfermo. En su libro explica que constituyó «un equipo vaticano multidisciplinar, compuesto por diez médicos reanimadores, especialistas en cardiología, en otorrinolaringología, en medicina interna, radiología y patología clínica, más cuatro enfermeros profesionales» (6).

Gracias a la rápida asistencia que recibió de este equipo, el Santo Padre no murió durante la insuficiencia que provocó su segundo ingreso, pero el peligro que había corrido había sido tal que, en esa segunda ocasión, se llevó a cabo la única intervención terapéutica que podía resolver la situación patológica: realizar una vía respiratoria alternativa (traqueotomía) que, a la vista de la patología subyacente, sólo podía ser definitiva.

La auténtica amenaza para la vida del papa

Desde el primer ingreso hasta la última crisis, todas las comunicaciones que transmitió el portavoz del Vaticano se centraron en el aspecto respiratorio y fonatorio, con un enfoque optimista. Resultaba clara la intención de tranquilizar a los fieles inspirándoles confianza en una curación segura, si bien, se dejaba intuir, no rápida. Por las informaciones disponibles sobre la patología, parecían, en su conjunto, mensajes creíbles. Recuerdo que escuchaba esos comunicados tan serenos mientras veía al papa asomarse a la ventana del hospital y luego a la del Vaticano. Había algo que no cuadraba: el paciente estaba cada vez más débil y consumido.

Pensando ahora en ello, me sorprende no haber cribado críticamente las informaciones. Yo también, por una especie de pereza mental, mediática, dejé que mis percepciones se ajustaran a la esperanza de curación y a las declaraciones oficiales, sin confrontarlas con las señales clínicas que veía.

Pero en la última dramática aparición del pontífice en la televisión el impacto visual fue tan violento que exclamé en voz alta: «Pero ¡cuánto ha adelgazado! ¡Si no tiene ni fuerza para respirar! ¡Si no hacen nada, morirá en pocos días!».

Los hechos que vinieron después – la agonía y el funeral – con su enorme repercusión en los medios de comunicación de masas, acabaron por ocultar el recuerdo crítico de los últimos momentos y todos estos detalles se convirtieron, por asimilación, en símbolos, iconos, metáforas de martirio, Via Crucis y parábola espiritual. Pero la imagen que permanecía en mi mente era también una cruel, fría exposición de datos evidentes. El paciente había muerto por unas causas que estaba claro que no se habían mencionado.

Las imágenes decían que, entre todos los problemas del complejo cuadro clínico del paciente, la insuficiencia respiratoria aguda no era la principal amenaza para su vida. El papa se moría por otra consecuencia debida a la implicación de los músculos faringo-laríngeos por la enfermedad de Parkinson, una consecuencia que se manifiesta de manera más lenta pero que, de no tratarse, es igual de peligrosa: la incapacidad de deglutir.

Al no poder tragar, el paciente no podía alimentarse. En el último mes de vida, las consecuencias de esa discapacidad en el pontífice eran clamorosamente visibles.

Pero según los partes del portavoz vaticano ese problema ni siquiera existía. Sólo una vez, coincidiendo con el primer ingreso, el 3 de febrero de 2005, Joaquín Navarro-Valls, tras habernos informado de que el estado de salud del Santo Padre iba mejorando, dijo «el paciente se alimenta normalmente y se excluye la posibilidad de alimentaciones alternativas de ningún tipo» (7). Resulta singular que diera esa información cuando las condiciones aún eran discretas, lo cual deja entender que alguien del equipo médico tenía que haber planteado el problema. No obstante, de momento este no se había afrontado, y ya nunca se resolvería.

El 13 de marzo, tras el segundo ingreso, al paciente se le dio el alta y se le permitió seguir su convalecencia en el Vaticano. Por un artículo publicado más tarde (30 de marzo) en el Corriere della Sera (8), sabemos que algunos médicos habían propuesto administrarle alimentación artificial ya entonces. En su libro el doctor Buzzonetti escribe que, más o menos por aquellas fechas, «la lenta recuperación de las condiciones generales se veía obstaculizada por la gran dificultad al deglutir, por una fonación muy costosa, déficit nutricional y una importante astenia» (9).
Por los hechos posteriores sabemos que nunca hubo una «lenta recuperación». En realidad, las condiciones del paciente siguieron empeorando, lenta pero inexorablemente. No habría podido ser de otra manera: la aportación nutricional era irrisoria, y es probable que la ingesta de líquidos también fuera insuficiente. ¿Cómo puedo afirmarlo con seguridad? No hay – por lo que yo sé – informaciones oficiales por parte del Vaticano sobre este tema, pero en una nota de AdnKronos de finales de marzo se lee que el papa había adelgazado 15 kilos desde su último ingreso, mientras que en un artículo de Repubblica de las mismas fechas se habla de una pérdida de peso de 19 kilos (10). Más allá de los números, el deterioro físico en los últimos días era evidente e impresionante.

Ese 30 de marzo, cuando vimos al Santo Padre asomarse por última vez a la ventana, con una estructura muscular debilitada por la desnutrición, además de la enfermedad de Parkinson, estaba ya tan débil que hasta le costaba respirar a través de la cánula, pero sobre todo – y esto es lo más grave – el sistema inmunitario, comprometido por la desnutrición, estaba ya tan deprimido que no garantizaba ninguna defensa, por lo que una infección trivial pudo ser mortal en pocas horas.

La tarde de ese mismo día la extrema gravedad de la situación convenció por fin a los clínicos a ponerle la sonda que habrían debido colocarle muchas semanas antes. Demasiado tarde.

¿Omisión de una intervención terapéutica?

Aclaro ya desde ahora que no tengo ninguna crítica que hacer a los médicos del papa, es más, los entiendo. Es probable que, de haber estado en su lugar, actuara de la misma manera.

¿Qué había sucedido? No sabemos las razones por las que no se recurrió a tiempo a la alimentación artificial, pero me las puedo imaginar. Puede no resultar fácil explicarle a un paciente anciano – y más concretamente a una persona importante acostumbrada a decidir, cansado y con una traqueotomía reciente – que, además de la cánula para respirar que se le ha puesto, tiene que someterse a otra intervención agresiva, que consiste en introducirle manualmente un tubito en el estómago para poder comer. Es casi seguro que los médicos se atuvieron estrictamente a su mandato, le plantearon al paciente todas las ventajas y las desventajas del tratamiento, pero no lograron convencerle de que lo aceptara a tiempo. La maniobra para colocar el tubo es sencilla y poco traumatizante, sobre todo si se elige la vía nasal, pero el impacto psicológico puede ser muy negativo. Presumiblemente el papa, por su edad y por la enfermedad que sufría, no tenía ni suficiente apetito ni suficiente sed, por lo que una alimentación escasa no era algo que le importara, pero el efecto en su físico fue devastador, los médicos eran conscientes de ello y habrían tenido que poner remedio, pero no lo hicieron.

Dejaron que el Santo Padre se fuera consumiendo día tras día, como atestiguan las imágenes de aquellas fechas, aunque se dieran cuenta de que en aquellas condiciones no habría podido sobrevivir por mucho tiempo. Verosímilmente, se cumplía así el deseo de serenidad de un paciente que, durante el ingreso anterior, había preguntado «con una ingenuidad conmovedora » si no se podía esperar por lo menos hasta las vacaciones de verano para la traqueotomía (11). Es aún más verosímil que los médicos fueran conscientes de que él iba a interpretar la intervención “terapéutica” como un ensañamiento inútil. Una violencia no sólo contra su voluntad, que quizás se habría plegado, sino contra todo su ser y su dignidad, su idea de si mismo. Un paciente no necesita muchas palabras para decirle eso a su médico. Pero cuando además el trato viene de largo, como en el caso del doctor Buzzonetti y Karol Wojtyla, las palabras pueden resultar totalmente superfluas. De lo que no hay duda es de que el comportamiento terapéutico, que de otra forma habría parecido cojo y ambiguo, se debió únicamente a la voluntad del propio paciente. No puede explicarse de otra manera el hecho de que un equipo médico de como mínimo quince personas, dispuesto a salvar al pontífice en cualquier situación de emergencia y en caso de complicaciones respiratorias o cardiacas, no haya intervenido mientras el paciente moría lentamente de inanición.

El último día antes del «colapso» final se le puso la sonda para alimentarle. Fue un acto demasiado tardío para que pudiera serle útil al paciente, pero revela el drama y el conflicto que vivieron los médicos.

El doctor Buzzonetti escribe con un estilo sobrio y despegado, pero no sin alma. Cuando nos habla de algunos momentos vividos junto al Santo Padre, deja vislumbrar el afecto que sentía por él. Al describir la organización que había creado para la asistencia y seguridad de su paciente no oculta un orgullo legítimo. Cuando explica cómo discutía y acordaba con él el plan de las pruebas clínicas y de las intervenciones terapéuticas se nota una relación estrecha, basada en una estima y una confianza mutuas. Pero cuando en el libro se llega al punto en el que ha de relatar la última actuación de los médicos, antes de la crisis final, el estilo cambia, el autor «alude» al hecho con una sola frase impersonal, como si él hubiese estado en otra parte y hubiese copiado y pegado el extracto de un historial clínico escrito por otros: «ese mismo día se comunicaba que se había empezado a administrar alimentación artificial mediante colocación permanente de una sonda naso-gástrica, ya que la vía oral se había vuelto impracticable» (12). Parece como si en el texto se hubiese introducido una nota de agencia. Es el único punto, junto con la frase sobre la «lenta recuperación», en el que el médico alude a la imposibilidad de deglutir de su paciente.

Es cosa de preguntarse el porqué de tanta escasez de noticias y sobre el silencio por parte de todos los órganos informativos vaticanos en cuanto a la patología que llevó al papa a la muerte. Es imposible dar una respuesta, pero es evidente que en este caso la «confidencialidad» ha ayudado a ocultar una evidente contradicción entre la experiencia humana de Karol Wojtyla – en su calidad de paciente – y las doctrinas del «bien objetivo» publicadas por él, que son la cuestión capital de las cruzadas políticas de los órganos institucionales de la Iglesia. Se trata de una contradicción tan evidente que siento la necesidad de hacer una reflexión de carácter bioético, pero antes de hacerla conviene analizar en detalle algunos aspectos del último periodo de la vida del pontífice.

Una muerte que parece ‘natural’

Vayamos viendo hacia atrás el curso de la enfermedad de Karol Wojtyla, hasta la primera insuficiencia respiratoria. Construyamos un escenario hipotético en ese punto de la historia. Imaginemos qué habría pasado si al paciente no se le hubiese reanimado tan oportunamente, sino con algunos minutos de retraso, lo que habría bastado para que la anoxia dañara su cerebro de forma irreversible. En ese caso su corazón habría vuelto a latir, pero él no habría recuperado la conciencia, habría permanecido en ese estado de vida/no vida que se define como estado vegetativo permanente (evp), como por desgracia sucede en muchos otros casos. No hay duda de que, de ser así, al pontífice se le habría conectado a un respirador y se le habría mantenido debidamente alimentado e hidratado mediante una sonda gástrica, como es obligatorio hacer con todos los pacientes con lesiones cerebrales y en evp. Muy verosímilmente habría permanecido meses o incluso años en ese oscuro limbo. Una vez alimentado e hidratado y sin problemas respiratorios, hasta la enfermedad de Parkinson, que tanto le había hecho sufrir, habría dejado de influir en su condición clínica. Por lo tanto, el «final natural» se habría prolongado durante un tiempo indefinido. Ese resultado, y esto es importante decirlo, en el caso de Karol Wojtyla era algo absolutamente posible, que sin embargo no sucedió gracias a la prontitud y a la eficiencia del equipo médico. Prontitud y eficiencia que, por lo menos desde el punto de vista del aporte nutricional, luego brillaron por su ausencia. La sucesión temporal de esas dos situaciones (rápida reanimación seguida por la falta de nutrición) y la suma de sus efectos (supervivencia primero, deterioro físico después) determinaron la dinámica que produjo la modalidad y el momento del fallecimiento. La muerte del papa, tal como sucedió, no fue un hecho inevitable ni cronológicamente determinado, tal como la expresión «final natural» daría a entender.

Nótese que el tratamiento que no se le administró al paciente, es decir, la alimentación artificial, es justamente el tratamiento que un documento aprobado por el Comité nacional de bioética en septiembre de 2005, querido por el grupo de los bioéticos católicos, define como la «ayuda básica» permanente que en ningún caso se puede negar a ningún paciente (13). El propósito de los redactores era que el documento valiera para los pacientes en evp, pero los fundamentos inspiradores que expresa son claros sobre cómo hay que considerar la terapia.
En el ámbito eclesiástico, el texto de referencia es el Evangelium vitae. En función de la encíclica que él mismo había escrito, Karol Wojtyla habría tenido que recibir el auxilio de todos los medios puestos a disposición por la medicina moderna, y en concreto habría tenido que aceptar a tiempo que se le administrara la alimentación artificial, ya que, una vez superada la crisis respiratoria, su muerte no era ni «inminente» ni «inevitable» (14).

Con este tipo de tratamiento se le garantizan hoy en Italia buenas condiciones de alimentación a miles de enfermos. El hecho de que la enfermedad de Parkinson de que adolecía el pontífice estuviera en una fase muy avanzada no significaba que se hubiesen agotado todas las reservas vitales del paciente. Tampoco se podía llegar a la conclusión de que habría muerto simplemente porque el pontífice ya era anciano. En la medicina las cosas no funcionan así. Aunque la vejez sea, en un sentido amplio, el límite natural de la vida, en realidad casi nadie se muere tan sólo de viejo. La muerte es un hecho debido, por regla general, a que uno o más órganos o aparatos enferman, y se produce cuando su disfunción alcanza un nivel tal que provoca una descompensación que ya no se puede frenar en el resto del organismo. El «final» para el hombre y para los seres vivos, por lo que vemos los médicos, no suele ser comparable – como parecería al escuchar a Benedicto XVI – a una llama que se apaga tras el lento consumirse de una vela, se parece más bien al deterioro asimétrico de los engranajes de una maquinaria y, de una forma u otra, es desordenada, en cierto modo arbitraria, y traumática. Lo cual también era válido para Juan Pablo II.

El 24 de febrero, respondiendo a los periodistas, el profesor Gianni Pezzoli, director del Centro de la enfermedad de Parkinson de Milán, describía al paciente Wojtyla en los siguientes términos: «El papa ha demostrado tener un físico fuerte y tras su primera estancia en el hospital se ha recuperado muy bien. Pero en casos como el suyo es normal que las crisis se repitan, una traqueotomía podría ayudarle» (15). Copio sus palabras para demostrar que, por un lado, el profesor hace hincapié en la gravedad de la patología en cuanto a ciertas funciones, mientras por otro nos informa de que el físico es «fuerte», dando a entender que el corazón, los pulmones y los demás aparatos están en buenas condiciones y podrían garantizarle al paciente una vida aún muy larga.

La evolución de la enfermedad del pontífice vista desde fuera pareció «lógica» porque al paciente se le veía tan viejo y tan débil que todos encontraron su muerte «natural», en el sentido de que a nadie le extrañó. Por consiguiente, desde el punto de vista comunicativo, la muerte de Wojtyla ha podido satisfacer la dimensión humana, la vivencia religiosa de una agonía como dulce resignación. Pero, viendo los hechos, tal apariencia también es dulcemente falsa. La realidad es que, tras haberle arrancado a la muerte por asfixia, Karol Wojtyla habría podido vivir aún mucho tiempo, pero él descartó esa opción.

Tras la muerte de Welby el nuevo papa Benedicto XVI ha insistido en que hay que proteger la vida hasta su «ocaso natural» (16). Nosotros sabemos que la expresión ocaso natural, pronunciada con tanta naturalidad, no corresponde a ninguna realidad objetivamente observable. Es una calidad filosófica atribuida a la forma subjetiva en que se vive una determinada situación, o bien se refiere a una conclusión que hoy en día en la medicina moderna ya no ocurre casi nunca. Por lo que parece, el papa Ratzinger no se ha dado cuenta de que a su predecesor no sólo se le sustrajo al destino que le habría deparado naturalmente la enfermedad, sino que además se le acompañó con dulzura por un camino menos penoso, hacia un final menos dramático que el que habría podido tener.

La diferencia

Piergiorgio Welby, enfermo de distrofia muscular durante cuarenta años, llevaba nueve conectado a un respirador, ya sólo podía mover los músculos de la cabeza y manifestaba su voluntad de que se le desconectara de la máquina que lo mantenía vivo. ¿En qué se diferencia exactamente su caso del de Karol Wojtyla? De hecho, la única diferencia es que a uno se le ha quitado, a instancias suyas, la ayuda tecnológica necesaria para que pudiera respirar. Al otro, en cambio, no se le ha proporcionado la ayuda que voluntariamente solicitaba. Ambos pacientes murieron por falta de un instrumento indispensable para mantenerlos vivos. Quizás convenga recordar que ambos tratamientos no son exactamente equivalentes, de hecho la ventilación mecánica no podía mejorar el estado de salud de Welby, mientras que la alimentación artificial habría podido mejorar, y mucho, las condiciones físicas del papa.

La diferencia es que Welby pidió públicamente que alguien interviniera con la perspectiva explícita de que ello le llevara a la muerte. Wojtyla no hizo ninguna declaración pública. Es el caso de preguntarse ¿es realmente esa la diferencia que «importa» para la moral católica? ¿Es eso lo que permite distinguir entre una conducta inspirada en principios morales y otra que merece compararse al nazismo? ¿Es sólo este matiz de comunicación el que resulta tan importante para la Iglesia?

Para descubrirlo, o para intentar entender qué hay detrás, la única forma es volver a repasar otra vez el recorrido terapéutico del difunto pontífice, analizarlo de la forma más atenta posible, buscar comparaciones con el sistema de principios claramente expresados en el Evangelium vitae.

La muerte del papa a la luz de la encíclica Evangelium vitae

En sus dos últimos meses de vida a Wojtlyla, tras la traqueotomía, le resultaba casi imposible tragar y los médicos sabían que el problema sólo podía solucionarse colocándole una sonda en el estómago.

Vuelvo al detalle de esta situación para demostrar y dejar claro que, en el ámbito de la práctica médica, no hay “escapatoria” posible por lo que se refiere a la evaluación ética y a las decisiones que pueden haberse tomado. De hecho, los escenarios posibles que podrían comprobarse en este punto sólo son tres:

1) al paciente no se le propuso el nuevo tratamiento necesario. En ese caso el papa, al no haber sido informado, no habría «rechazado» nada, pero es evidente que los médicos habrían cometido una omisión gravísima, contraria a la deontología y susceptible de sanciones incluso penales;
2) se informó al paciente, pero no se le explicó bien ni la gravedad de la situación ni las consecuencias de su elección. También en este caso estaríamos ante una grave omisión, ya que el paciente debe estar en condiciones de entender qué puede sucederle si rechaza una terapia;
3) la tercera hipótesis, la única en realidad plausible, es el pontífice recibiera la información, la entendiera y la rechazara.

Es evidente que las dos primeras hipótesis son improbables, considerando que el enfermo tenía a la cabecera de su cama a los mejores clínicos de Italia, no a un médico rural cualquiera, y que la colocación de una sonda por vía nasal no entraña ningún riesgo. Sea como fuere, ¿cómo considerar el comportamiento de los médicos en esos dos supuestos, a la luz de la doctrina católica?

Para los filósofos católicos la eutanasia es una acción con las siguientes características: a) no se admite una distinción ética entre una acción que provoca la muerte y una omisión que la causa, incluso indirectamente; b) la eutanasia es una sub-categoría del homicidio, en esencia no hay diferencia moral entre ambas acciones y por consiguiente, para condenar la acción, el consentimiento del paciente es irrelevante.

La profesora Silvia Navarini, docente de Bioética en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, da una descripción objetiva de lo que puede ser la «voluntariedad» en la eutanasia. Escribe en los Quaderni di Scienza e Vita: «Está claro que no hay diferencia ética entre matar voluntariamente y dejar morir aun pudiendo impedirlo» (17).

En los casos 1) y 2) que hemos considerado más arriba, la responsabilidad por la falta de tratamiento sería exclusivamente de los médicos y se les podría acusar de eutanasia no consensuada, esto es, de homicidio. En dicho caso, aunque no hubiera por su parte propósito de causarle la muerte al pontífice, la gravedad del hecho no quedaría reducida porque sería una defensa insostenible frente a la responsabilidad objetiva, ya que eran perfectamente conscientes de que, sin una alimentación suficiente, el paciente no habría sobrevivido; por consiguiente, la omisión en cuanto a informar al paciente constituiría de hecho la ausencia de una acción con la que habrían podido impedir su muerte.

Por todo lo que se ha dicho, ambas hipótesis constituirían un homicidio, pero son improbables, hasta tal punto que sería mejor excluirlas. En teoría también habría una «cuarta posibilidad», es decir, que el paciente no estuviera en condiciones de entender ni la situación ni las explicaciones, pero he excluido a priori esta hipótesis porque es contraria a la evidencia.

Así pues, sólo queda la tercera hipótesis: el paciente tomó una decisión tras habérsele informado de las consecuencias. Analicemos la decisión a la luz de la definición que da la encíclica de «eutanasia»: «Por eutanasia en su verdadero sentido se ha de entender una acción u omisión que, por su propia naturaleza e por su intencionalidad, produce la muerte con el fin de eliminar todo dolor. “Por consiguiente, la eutanasia se sitúa en el nivel de las intenciones y de los métodos utilizados”» (18).

Ahora bien, según mi criterio, tendría alguna duda en definir acciones eutanásicas las que llevaron a la muerte a Wojtyla, porque ninguno de los actores deseaba causar la muerte del paciente. Pero los católicos no tienen dudas en cuanto a los conceptos de intencionalidad y aceptación de los tratamientos: cuando el paciente rechace conscientemente una terapia para salvarle la vida, su acción, junto con el comportamiento remisivo-omisivo de los médicos, se ha de considerar eutanasia, es decir, más exactamente, suicidio asistido.

¿Es posible que Juan Pablo II, autor del Evangelium vitae, no haya entendido lo que significaba rechazar una terapia fundamental, tal como había afirmado en su texto? Podemos analizar la definición que da la encíclica de «ensañamiento terapéutico» para tratar de entenderlo mejor: «Se consideran “ensañamiento terapéutico” [...] ciertas actuaciones médicas que ya no responden a la situación real del enfermo, por ser desproporcionadas con respecto a los resultados que podrían obtenerse o por ser incluso muy penosas para él y para su familia. En dichas situaciones, cuando la muerte parece ya inminente e inevitable, en conciencia se puede “renunciar a tratamientos que sólo lograrían alargar la vida de forma precaria y dolorosa, pero sin interrumpir los cuidados y curas normales que se le deban al enfermo en casos parecidos”. […] La renuncia a medios extraordinarios o desproporcionados no equivale al suicidio o a la eutanasia; sino que más bien expresa la aceptación de la condición humana frente a la muerte» (19) (las cursivas son mías).

Por consiguiente, según la encíclica, son muchísimos los requisitos que se exigen para llegar a la definición de «ensañamiento terapéutico», requisitos que la situación de Karol Wojtyla no reunía: el concepto de «inminencia» de la muerte inevitable, así como el de «desproporción» respecto a los resultados. Además el documento del Comité nacional de bioética – querido y escrito por los católicos – expresa de nuevo claramente que la alimentación por sonda se ha de considerar siempre como un tratamiento normal, nunca como un medio extraordinario, por lo que queda taxativamente excluido del epígrafe «ensañamiento» y calificado en cambio como «sustento ordinario básico […] indispensable para garantizar las condiciones fisiológicas básicas para vivir» (20).

Por consiguiente, dicho tratamiento no se podía rechazar en ningún caso.

También hay una Carta del personal sanitario publicada por el Consejo Pontificio de la pastoral para el personal sanitario, escrita cuando el papa estaba vivo, que utiliza una fórmula distinta y bastante ambigua: «La alimentación y la hidratación, incluso administradas de forma artificial, forman parte de los cuidados normales, que se le deben en todo caso al enfermo cuando no resulten penosas para él, suspenderlos puede equivaler a una auténtica eutanasia» (21) (la cursiva es mía).

Contra los conceptos objetivos de «bien» y de «mal» a los que se refiere la doctrina católica, en ese documento aparece la expresión subjetiva «penosas para él». Indica claramente la percepción individual, la vivencia interior e íntima del enfermo. Pese a ello, el documento, rozando una contradicción peligrosa, dice que suspenderla «puede» equivaler a eutanasia. Sí, pero ¿cuándo? Evidentemente, cuando determina la muerte consciente, y por ello voluntaria, del paciente. Esto es, siempre (22).

Dentro de la Iglesia católica también hay una opinión completamente distinta, recogida en el famoso artículo del cardenal Carlo Maria Martini, que tanto irritó al presidente de la Cei, que refleja una sensibilidad y sobre todo un planteamiento ético incompatibles con los documentos anteriores. El cardenal Martini escribe su idea en forma de una aportación intelectual che intenta comprender más que juzgar. Llama nuestra atención justamente sobre el hecho de que determinados conceptos muy queridos por los movimientos «pro-vida» son susceptibles de usarse de una manera excesivamente simple; observa lo delicado que es, por ejemplo, establecer si la muerte es «natural» o si un tratamiento es adecuado o no y afirma, de una forma que al Comité nacional de bioética le suena a herejía, que «no es posible remitirse a una regla» única que tenga un valor generalizado, «casi matemática». El cardenal define las vivencias de cada individuo como una «verdad» irrefutable, que sólo puede comprender hasta el fondo quien las está viviendo, y observa que «el ensañamiento» siempre tiene un componente subjetivo que no se puede eliminar. Se define siempre como los cuidados que «el paciente considera desproporcionadas». «No se puede omitir», concluye, «nada de lo que pida un enfermo terminal» (23). El concepto de que la «verdad» sobre la vida viene determinada en primer lugar por la subjetividad del individuo, es una poderosa afirmación de principio, un valor en neto contraste con todos los «requisitos objetivos» que perora y exige el Evangelium vitae.

Por su parte, el papa Wojtyla no tenía dudas de que la sonda para alimentarle habría sido una acción desproporcionada y penosa para él. Su rechazo se podía vivir e interpretar como una señal del próximo final de su paso por la tierra que, según decía, esperaba con ansia. Estaba evidentemente convencido de que su rechazo equivalía a «aceptar la condición humana frente a la muerte» (24). Por otra parte, era su derecho. La piedad de los médicos («falsa» según la encíclica y los diferentes teocon/teodem) le permitió actuar conforme a dicha convicción, y así fue como pudo esperar «serenamente el momento del alivio», de «ir con el Señor» (25).

Puede que Piergiorgio Welby quisiera vivir más que el papa y tuviera menos deseos que él de «ir con el Señor». Él también había sufrido y luchado mucho. Al final, no pudiendo ya permanecer desconectado del respirador ni siquiera unos minutos, cuando los dos últimos dedos de su mano ya no respondían a sus órdenes, no tenía dudas de que aquella ayuda que había aceptado durante años se había convertido en algo insoportable, excesivamente penoso para él.

Cuando Welby formalizó su petición, Juan Pablo II llevaba muerto un año. ¿Qué habría contestado si se lo hubieran pedido a él? El autor del Evengelium Vitae la habría rechazado y condenado. Puede que el viejo papa traqueotomizado en cambio la entendiera y aceptara, ya que lo hizo para él mismo. De lo contrario, no cabe duda de que nos habría explicado gustosamente la diferencia que, desde el punto de vista moral, hay entre rechazar una sonda para ser alimentados y rechazar una máquina para respirar. Nosotros somos profanos y no somos capaces de captar esa diferencia, pero tiene que haberla y ha de ser grande, si para Karol Wojtyla se ha puesto en marcha un proceso de canonización, mientras que a Piergiorgio Welby se le negó un funeral católico.

Fuente: http://temi.repubblica.it/micromega-online/la-dolce-morte-di-karol-wojtyla/

Notas:
(1) C.M. Martini, «Io Welby e la Morte», Il Sole-24Ore, 21-1-2007.
(2) R. Buzzonetti, Lasciatemi andare (La forza nella debolezza di Giovanni Paolo II), Ed. San Paolo, 2006.
(3) Ibidem, pág. 73.
(4) Ibidem, pág. 74.
(5) Ibidem, pág. 79.
(6) Ibidem, pág. 77.
(7) Navarro: «Il Papa migliora, mangia e respira meglio», www.repubblica.it.
(8) M. De Bac, «Papa, possibile un nuovo intervento», www.corriere.it.
(9) R. Buzzonetti, op. cit., p. 78
(10) «Peggiorano le condizioni del Papa. “Ha la febbre alta e calo di pressione”», www.repubblica.it.
(11) R. Buzzonetti, op. cit., p. 75.
(12) Ivi, p. 79.
(13) «La alimentación e hidratación de pacientes en estado vegetativo persistente”, texto aprobado por el Comité Nacional para la Bioética en la sesión plenaria del 30 nde septiembre de 2005, firmado úniocamente por los bioéticos católicos y aprobado a pesar del voto en contra de todos los otros miembros.

(14) Juan Pablo II, Evangelium Vitae, cap. 65.
(15) «Il papa nuovamente ricoverato. Le ore difficili», www.rassegna.it.
(16) Benedetto XVI, Angelus, 24-12-2006, www.vatican.va.
(17) C. Navarini, «Eutanasia e Accanimento terapeutico», Quaderni di Scienza e Vita, n. 1, dicembre 2006.
(18) Juan Pablo II, op. cit., cap. 65.
(19) Ibidem.
(20) «L’alimentazione e l’idratazione di pazienti in stato vegetativo persistente», cit., p. 2.
(21) Consejo pontificio de la pastoral para los trabajadores sanitarios, Carta a los trabajadores , Città del Vaticano 2005, www.vatican.va.
(22) Según el documento citado más arriba del Comité Nacional de Bioética firmado por los católicos, al “siempre” hay una sola excepción, textualmente expresada: “El único límite objetivamente reconocible al deber ético de alimentar a la persona en estado vegetativo persistente es la capacidad de asimilación del organismo (por tanto la pposibilidad de que el acto alcance el fin propio) o un estado de intolerancia clinicamente registrable asociado a la alimentación” (§ 6). En todos los otros casos, no proporcionar alimentación equivale, éticamente, a un acto voluntario condenable y es asimilado a la eutanasia activa (§ 5).
(23) C.M. Martini,«Io Welby e la muerte», cit.
(24) Juan Pablo II, op. cit., cap. 65.
(25) R. Buzzonetti, op. cit., p. 81.

http://rebelion.org/noticia.php?id=81848

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Benjamin Franklin, Max Weber y los ‘falsos positivos’

Okrim Opina
Rebelión

A mediados del siglo XVIII el genial científico y nefasto puritano Benjamin Franklin escribió una serie de consejos (1) para aquellos que deseaban hacerse ricos. Los mismos se resumían en que las virtudes de la puntualidad, laboriosidad, diligencia y honradez eran el camino más expedito a obtener dinero efectivo y crédito (préstamos de dinero).

Un siglo después, el sociólogo alemán Max Weber analizaba esos consejos en su libro La ética protestante y el ‘espíritu’ del capitalismo (2) (el subrayado es mío):

Todas las máximas morales de Franklin se utilizan en sentido utilitarista: la honradez es útil porque proporciona crédito; también lo proporcionan la puntualidad, la diligencia y la moderación y sólo por ello son virtudes: de aquí se derivaría, entre otras cosas, que bastaría la apariencia de honradez, por ejemplo, cuando cumpliera el mismo servicio.

Dicho de otra manera, la honradez no es un fin, es un medio, un medio para obtener beneficio económico. Y una vez que establecemos el dinero como fin y las virtudes humanas como medio, queda al entender de cada persona qué es virtud y qué no. Esta es la lógica moral con la que nació el capitalismo.

Volviendo a Weber:

El hombre queda referido a ese ganar dinero como al objetivo de su vida, no es la ganacia la que queda referida al hombre como un medio para la satisfacción de sus necesidades materiales. Esta inversión de lo que llamaríamos la situación ‘natural’, inversión realmente sin sentido para el sentir natural, es con toda claridad, absolutamente, un leit motiv del capitalismo.

En la actualidad, en Colombia, el gobierno neoliberal encabezado por Álvaro Uribe ha aplicado los preceptos de Benjamin Franklin a todas las esferas de la sociedad colombiana: el fin es el dinero. Las virtudes son un medio, pero no el único. No ha escapado a esa lógica el Ejército, comandado por el Ministro de Defensa Juan Manuel Santos.

Por ejemplo, en la lucha del Estado colombiano contra la insurgencia, se han ofrecido premios en metálico a quienes dieran de baja –un eufemismo para el verbo matar- a guerrilleros.

La motivación para los oficiales y soldados colombianos no es luchar por la democracia, defender al pueblo colombiano, salvar la Patria o cualesquiera sea la razón que se le ocurra a Uribe y Santos para motivarlos, aunque usen estas con la prensa y la opinión pública: las motivaciones morales por las que uno puede tomar las armas –tanto de un lado como del otro del conflicto- quedaban relegadas a un segundo plano en el Ejército. Gracias a Uribe y su doctrina liberal –que bebe de los pensamientos de Franklin- ahora el fin de la lucha era el dinero.

Y pasó lo que pasa en estos casos: el corrompido –moral y económicamente- Ejército colombiano, viendo el dinero como un fin, hizo lo posible para procurárselo a toda costa. La finalidad de su lucha ya no era moral: era económica. Y se pusieron manos a la obra.

Si por cada guerrillero muerto cobraban una cierta cantidad de dinero, y el dinero es gracias al liberalismo económico un objetivo de vida, muchos altos cargos, oficiales y soldados se dedicaron a asesinar campesinos, trabajadores o jóvenes desempleados sin ninguna vinculación con la guerrilla, disfrazándolos después de luchadores farianos o elenos para exhibirlos a la prensa y cobrar las recompensas que, al estilo Far West, el gobierno ofrece por cabeza.

Parafraseando a Weber, el Ejército aprendió que “basta la apariencia, cuando cumple el mismo servicio”: no es necesario que sean verdaderamente guerrilleros, basta que lo parezcan, ya que el fin se que persigue es el dinero y de esa manera se obtiene.

Unas 1.400 personas han sido asesinadas por el Ejército de esta manera en años recientes. La propia Fiscalía General del Estado admite casi 1.200 casos, denuncia Movice. Estos asesinatos extrajudiciales se han denominado ‘falsos positivos’ y el escándalo ha producido varias renuncias en el Ejército.

El ejecutivo neogranadino se ha mostrado “escandalizado” y “horrorizado” por estos casos. Pero las máximas de Franklin siguen intactas. Y con ellas, los ‘falsos positivos’.

El gobierno de Uribe aplica esa lógica capitalista a todo lo que hace, y gran parte de la sociedad colombiana se ha contagiado.

En otras esferas de la sociedad se observa idéntico comportamiento, aunque sus efectos no sean tan obvios ni tan monstruosos como los llamados ‘falsos positivos’.

Por ejemplo, muchos doctores estudiaron medicina ya no para salvar vidas, si no para obtener un puesto en una clínica privada y ganar mucho dinero; muchos periodistas ya no se preocupan por informar verazmente, investigar o indagar, si no en complacer al dueño del medio y así ganar mucho dinero; etc.

No importa que alguien esté enfermo de algo, basta que lo parezca y así venderle un tratamiento carísimo; no importa que una noticia sea verdadera, basta que lo parezca y así tener una gran exclusiva y cobrar en consecuencia, etc.

El viernes 6 de marzo cientos de miles de colombianos marcharán en todo el país contra los ‘falsos positivos’, claras prácticas de terrorismo de Estado.

Indirectamente, quizá instintivamente, quizá inconscientemente, la marcha también será en contra de esa lógica capitalista que pone el dinero como un fin último y no como un medio, con las consecuencias que sufre la humanidad entera desde hace siglos.
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NOTAS :
(1)- Necessary Hints to Those That Would Be Rich, 1736.
(2)- Ed. Alianza Editorial, 2001, páginas 57-62.

http://rebelion.org/noticia.php?id=81872

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